lunes, 14 de junio de 2010

La Sudáfrica que conocí

Publicado en el diario La Razón,de Lima-Perú, el 23 de junio de 2010

El Látigo del Rufus


Por Ricardo Sánchez-Serra*

Ahora que vemos imágenes de Sudáfrica debido al mundial de fútbol y la alegría de su pueblo, bailes y tribunas compartidos entre negros y blancos y partes de algunas ciudades, vuelve a nuestro recuerdo un histórico y memorable viaje que realizamos a ese país a mediados de la década de los ´80, en pleno sistema del “apartheid” (desarrollo separado de razas).
Estuvimos un mes paseando por diversas ciudades como la capital Johannesburgo, Soweto, Pretoria, Port Elizabeth, Durban y Ciudad del Cabo. Además, nos quedamos unos días en el inolvidable parque de Sabi-Sabi -una reserva privada de animales-, dormimos en unos bungalows estilo tribal, escuchando los rugidos de los leones y los graznidos de las aves.
Luego, en horas de la tarde, hicimos un safari, pero de fotos. Vimos como libremente atravesaban las pistas las jirafas y jabalíes con sus crías, observamos a un elefante -a unos 80 metros- furioso barritando fuertemente, golpeándose contra un árbol y provocando una gran nube de polvo. Nos fuimos rápido de allí, porque a ese mamífero, en estado nervioso, lo consideran el animal más temido.
También nos acercamos a unos juguetones cachorros de león, mientras su padre echado nos miraba, hasta que la madre sorpresivamente saltó de un árbol y se interpuso en nuestro camino, zigzagueando en actitud de defensa (o ataque), por lo que por megáfono nos recomendaron no correr y retroceder paso a paso hasta llegar a los jeeps. El papá león, acababa de comer, sino nosotros hubiéramos sido su almuerzo.
Además, nos invitaron a un coliseo para observar las danzas típicas, ingresamos a una mina de oro, viendo cómo fundían los lingotes; y visitamos un museo militar, en donde exhibían tanques y aviones capturados a los nazis en la Segunda Guerra Mundial (los sudafricanos lucharon con los aliados).
Recuerdo que almorzamos carne de avestruz y springbok, una especie de gacela autóctona -símbolo de Sudáfrica-, platos muy deliciosos. Añoramos el ají, que afortunadamente nos fue proveído por unos turistas argentinos. Era un ají de color verde, en forma de canica, que sólo picaba y no tenía ningún sabor. Y cenamos en un restaurante chino, con platos desconocidos para nuestra gastronomía, extrañando mucho el arroz chaufa y, en general, nuestra sazón.
Todas las ciudades, eran muy hermosas y conservaban la tradición arquitectónica europea, en especial la holandesa. Soweto, en cambio, era un suburbio pobre y sucio. A la salida del hotel en el cual me hospedaba en Pretoria, nos llamó la atención un curioso aviso que decía “rent a girl” (la foto la pueden ver en nuestro facebook).
Al regresar a Lima, hicimos una crónica de mi viaje publicando artículos en los diarios La Prensa (gracias Arnoldo Zamora, qepd) y La Noticia (gracias F. J. del Solar). Una nota que trataba sobre un negro millonario fue duramente criticada por mi amigo Diego Gonzales, qepd y otra me fue plagiada –salvo el párrafo inicial y final- en un importante diario limeño.

Sudáfrica, ¿país viable?

En ese momento pensábamos que sin ese férreo orden que imponía el sistema del apartheid, Sudáfrica era inviable como país. Algo así como la dictadura de Tito, que mantenía unida despiadadamente a Yugoslavia. Murió Tito y ya conocemos el desenlace.
Motivaba nuestro juicio acerca de Sudáfrica, porque el país estaba fraccionado en blancos, negros y mestizos. Los blancos, que detentaban el poder, estaban separados en los descendientes de ingleses y los afrikáners (hombres de África) descendientes de holandeses, alemanes y franceses, quienes instauraron el odioso apartheid.
Éste tiene su origen en la reforma religiosa de Lutero y Calvino en Europa. Colonos holandeses, que profesaban las creencias de la Iglesia Reformada Holandesa, y con la influencia de los hugonotes, no sólo creían, sino estaban convencidos que los negros eran sus esclavos, porque así lo ordenaba la Biblia. E invocaban trivialmente algunos versículos del Génesis: Cam (moreno) ve beodo y desnudo a su padre Noé y se lo cuenta a sus hermanos, éste lo maldice y lo condena a ser sirviente de su hermano Sem (blanco).
Otros, más radicales, sostenían que los negros no tenían alma, en consecuencia no eran personas.
Nos invitaron a visitar el laboratorio de la Universidad de Johannesburgo, en donde un científico quiso convencernos que los negros eran inferiores a los blancos, debido a que su cavidad craneana era más pequeña, por lo que tenían menos neuronas y por tanto eran menos inteligentes. ¡Inverosímil!
El genial escritor James A. Michener, en su obra “La Alianza” (“The Covenant”) mencionaba que la pureza de sangre estaba impregnada en la sociedad afrikáner: “los pueblos mestizos debían ser implacablemente excluidos de la vida nacional. No sólo se les prohibía entremezclarse socialmente con los blancos; se les separó también económica, profesional y creativamente, hasta que la pérdida para la nación fue incalculable”.
Cuenta el caso de la niña Petra Albertyn, estudiante brillante de un prestigioso colegio afrikáner y que ganó el concurso de matemáticas, superando a su amiga Minna. La madre de la perdedora miró enfurecida y detenidamente a la niña. Y la denunció, ante el tribunal racial, de ser “mestiza”, porque si bien era blanca, pese al sol no tenía pecas. En esa sociedad era una acusación aterradora, pues si una mestiza se hacía pasar por blanca, era inmoral e ilegal.
A Petra, de 9 años de edad, la hicieron desnudar –le miraron el triángulo de la base de la columna vertebral (si era oscuro tenía sangre bantú)-, que era normal, le examinaron los lóbulos de las orejas, las lúnulas de la base de las uñas, vieron su forma de andar. Le hicieron la prueba de lápiz en el vello de la mano. Físicamente no le encontraron nada.
El tribunal racial, luego de una escrupulosa investigación de su genealogía, señalaron que estaba contaminada, porque un antepasado ocho o más generaciones atrás, en l694, fue un esclavo que se casó con una blanca, y la sentenciaron clasificándola como mestiza. La expulsaron del colegio. A su padre lo despidieron del trabajo (porque su puesto era “sólo para blancos”) y los botaron de su vivienda. Tuvieron que irse a vivir a un peligroso suburbio para mestizos. Los Albertyn pensaron en el suicidio…

Diez tribus que van por su propio camino

Los negros, a su vez, estaban divididos en 10 tribus, siendo la mayoritaria la zulú –cuya gente es alta y soberbia-, orgullosa de Shaka, su famoso rey del siglo XIX. La enemistad entre ellos era (o es) irreconciliable. Conversando con el líder de la etnia Xhosa, la segunda tribu más numerosa –de la que proviene Nelson Mandela-, nos señalaba que jamás podían ser gobernados por los zulúes, porque ellos deberían ser sus esclavos. Motivaba su razonamiento en que las tribus descendían de la tribu madre Nguni, cuya tradición religiosa les ordenaba hacerse la circuncisión. Los zulúes habían dejado de hacerla, por lo que de acuerdo a su costumbre, no podían casarse; el hermano mayor pasaba a ser el último de los hermanos y por tanto el servidor de todos, entre otras. Todas las tribus odiaban, por tanto, a la zulú.
Aparte de la segregación de los mestizos, malayos e indios; otro grupo, integrado por cientos de miles de personas, eran los desterrados y los que habían desertado de sus tribus, que eran los más violentos. Se asentaron mayoritariamente en Soweto. Entonces, con tanta fragmentación, ¿cómo podía Sudáfrica constituirse en una nación?
Por muchos años, estuvimos contentos porque nuestro razonamiento parecía equivocado, luego que Nelson Mandela –líder del Congreso Nacional Africano- llega al poder y con tolerancia y diálogo busca la reconciliación, y “una sociedad libre y democrática, en la que todas las personas vivan juntas en armonía e igualdad de oportunidades.”
Pero, hasta poco antes de iniciarse el mundial, que apaciguó al país momentáneamente, las protestas y la violencia llegaron a límites intolerables, con el más alto índice de criminalidad en el mundo. Los gobiernos post-apartheid tuvieron progresos con la política de vivienda, pero la reforma agraria continúa muy lenta. La desigualdad entre las clases sociales es muy grande. Un millón de blancos ya se han ido del país (les ordenan vender sus tierras o las expropian), pues ahora han decretado muchos puestos de trabajo sólo para los negros.
El caos hace pensar que la nación se va indefectiblemente a la guerra civil. ¿Podrá Sudáfrica sobrevivir a estos embates?
*Periodista. Miembro de la Asociación de la Prensa Extranjera.
Email: sanchez-serra9416@hotmail.com
Blog: http://rsanchezserra.blogspot.com/