lunes, 9 de julio de 2012

¿Cabrejos mediador? Un tiro por la culata del Gobierno en Cajamarca


Por Ricardo Sánchez-Serra*

Hasta enero del 2012, Monseñor Miguel Cabrejos, arzobispo de Trujillo, era presidente de la Conferencia Episcopal Peruana y tenía convencido al Gobierno y al presidente de la República que era el jefe de la Iglesia Católica peruana. Y no era así.
No existe tal “jefe”. Cada obispo es autónomo y depende directamente del Papa. En todo caso, en la práctica, el prelado de más alta relevancia –aunque sin ser “jefe” de algún obispo- es el Cardenal Juan Luis Cipriani, quien hasta puede elegir o ser elegido Pontífice-, primado del Perú y titular de la Arquidiócesis más importante del país, Lima.
La Conferencia Episcopal Peruana, de acuerdo al Derecho Canónico, es la Asamblea de Obispos de una nación. El presidente de dicha Conferencia, es hoy el Monseñor Salvador Piñeiro, quien solo puede hablar en nombre de todos los obispos, cuando estos se lo faculten. En la mayoría de los casos habla a título personal y los periodistas creen erróneamente que al declarar y ponerle el cargo, habla en nombre de la Iglesia Católica peruana.
Por eso, son esclarecedoras las declaraciones del Cardenal Cipriani quien sostuvo que la Iglesia peruana no es la que facilitará el diálogo entre el Ejecutivo y el Gobierno Regional de Cajamarca, sino Monseñor Cabrejos y el Padre Garatea, a quienes les deseó éxito en esta labor “extremadamente compleja”.
Garatea, quien fue suspendido por el Cardenal en sus labores religiosas en Lima, por “desviacionismo doctrinal”, reaccionó biliosamente y criticó a Cipriani por lo que aclaró. La vanidad y soberbia de Garatea y su castigo lo hacen mentir. Decía Antonio Machado: “La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”.
En fin, Cabrejos y Garatea serán facilitadores solo a título personal, no es la Iglesia la mediadora. Lo que no ha medido el Gobierno es que ambos son apologistas de la Teología de la Liberación. Ambos son caviares y que no se sorprenda que la balanza se incline para los subversivos antiConga, que como dijo el Cardenal deberían pedirle perdón al país por las cinco personas que fallecieron esta semana durante las protestas antimineras en Celendín y Cajamarca. Por algo el presidente de esta región, Gregorio Santos, los aceptó de inmediato. El tiro le puede salir por la culata.
En todo caso, el mejor interlocutor hubiera sido el Obispo de Cajamarca, Monseñor José Carmelo Martínez, pero como él había suspendido en sus funciones al ex cura Marco Arana –por meterse en política partidaria y que ello es censurado por El Vaticano-, posiblemente hayan pensado que no era el interlocutor válido. Incluso han pasado muchos meses sin que Santos lo haya querido recibir. En reciente entrevista el Monseñor Carmelo señaló que de hacerse una encuesta individual en Cajamarca y no en masa o en asambleas, solo un poco más del 15 por ciento está en contra de la minería. 
Al margen de ello la situación en Cajamarca es delicada porque ya nadie cree a nadie. Santos se ha encargado de envenenar a la población con tantas mentiras, que se hace imposible un diálogo. También el Estado tiene una gran responsabilidad porque estuvo ausente muchos años. Tampoco se puede librar de esa carga la minera Yanacocha, quien invirtió en forma insuficiente su responsabilidad social. ¿Alguien se puede olvidar del dañino mercurio que se derramó hace 12 años, que afectó a cerca de mil personas, 40% de ellas niños?
Entonces, ¿por qué creerle a Yanacocha? ¿Por qué creerle a Santos? ¿Por qué creerle al ausente Estado?
La situación es muy compleja pero sólo el diálogo, salvará a Cajamarca. Antes debe apresarse a los subversivos como Santos, Saavedra u otros.

*Periodista. Miembro de la Prensa Extranjera. Analista internacional.

http://www.facebook.com/ricardosanchezserra
Twitter: @sanchezserra

1 comentario:

jca dijo...

Vaya, vaya... se le nota el corazoncito ciprianista, está en su derecho, mientras una gran legión de católicos estamos a favor de la libertad de opinión que manifiesta Garatea. Es gracioso que Cipriani critique las opiniones de los otros y no se mire a sí mismo, sus "diálogos de fe" deberían llamarse "diálogos políticos". Lamentable la desunión que propicia.